El término “estrés” lo utilizamos con frecuencia. Generalmente, con connotaciones negativas, asociándolo a situaciones desagradables.

Piense en usted mismo y en las veces en que ha experimentado estrés. Quizá, en una situación de trabajo en la que se ha sentido presionado por el plazo de entrega de un informe, un proyecto o un pedido.

Tal vez, también se haya sentido estresado ante un encuentro con una persona, cuando tiene que acudir a un evento en el que usted es el protagonista. O cuando tiene que hacer una presentación pública ante una audiencia numerosa.

Las situaciones estresantes son variadas. Incluyendo aquellas derivadas de acontecimientos que vitales negativos… O positivos.

Y es que el estrés es una condición natural, necesaria para la supervivencia y la adaptación a nuestro medio.

Definiendo el Estrés

El término “estrés” proviene del campo de la Física. Se refiere a la tensión máxima que puede soportar un material antes de romperse.

Hans Selye, en 1926, introdujo el término en las ciencias de la salud, pero con un significado distinto: estrés como respuesta inespecífica del organismo a cualquier demanda de cambio.

Note que esta definición sitúa al estrés como respuesta cuando, anteriormente, lo referimos en términos de estímulo. Esto puede generar confusión. Por ello, es conveniente precisar los términos de su significado en ambas vertientes.

Distinguiremos, entonces, entre respuestas de estrés y estímulos estresores (o situación estresora).

Respuesta de Estrés

La respuesta de estrés consiste en una reacción automática del organismo ante un peligro percibido. Esta reacción moviliza una gran cantidad de recursos excepcionales dirigidos a hacer frente a la amenaza. Consiste en una intensa actividad fisiológica y cognitiva que nos prepara para luchar físicamente o huir.

Esta respuesta permite enfrentar el peligro y es, por tanto, sumamente útil. Piense en nuestros antepasados cuando se encontraban, por ejemplo, con un tigre dientes de sable. La opción era luchar o huir. Y para ello, necesitaban movilizar recursos extraordinarios que les permitieran dar una intensa respuesta física para salir airosos del encuentro; bien luchando o, sencillamente, huyendo.

Lógicamente, también usted puede encontrarse en una situación de peligro físico al que su organismo responderá con intensidad; con una mayor activación fisiológica y cognitiva que le permita percibir mejor la situación y responder con energía y rapidez.

Respuesta Fisiológica

La respuesta fisiológica está mediada por la activación del eje hiposuprarrenal y del sistema simpático.

El eje hiposuprarrenal hace que se liberen glucocorticoides y andrógenos. Los primeros, aumentan la concentración de glucosa en sangre, con el consiguiente aporte de energía disponible. Los andrógenos, por su parte, estimulan el incremento de la masa muscular y, consiguientemente, de la fuerza física.

La activación del sistema simpático es responsable de una mayor secreción de adrenalina y noradrenalina. Ambas hormonas provocan una serie de cambios en el organismo dirigidos a disponerlo para actuar ante una situación de peligro.

El conjunto de reacciones ocurre de forma casi instantánea teniendo cada aspecto de ella, una función.

Reacción del Organismo

  • Tasa cardiaca alta e incremento de la frecuencia respiratoria. De este modo, el organismo cuenta con más energía y oxígeno para responder con rapidez e intensamente ante el peligro.
  • Pupilas dilatadas. Facilita la entrada de más luz en los ojos, de este modo el cerebro puede procesar mejor la información visual del entorno, estando más atento a la amenaza.
  • Visión túnel. La atención visual se centra en un pequeño espacio, dejando de percibir la periferia. Se enfoca así la fuente de la amenaza.
  • Dilatación bronquial. Aumenta el flujo de aire de y desde los pulmones, facilitando el transporte de oxígeno hacia el organismo.
  • Aumento de la coagulación. Que reduce la pérdida de sangre en caso de lesión.
  • Vasodilatación muscular y vasoconstricción cutánea. A medida que la respuesta al estrés se desarrolla, el flujo sanguíneo a las áreas superficiales del cuerpo se reduce, al tiempo que el flujo a los músculos, el cerebro, las piernas y los brazos aumenta. Es decir, se reduce el aporte de oxígeno y energía a zonas no implicadas en una respuesta vigorosa, dirigiendo dicho aporte a cerebro y músculos estriados.  También el flujo de sangre se desvía, de los órganos digestivos y los riñones hacia los músculos.
  • Sudoración. La sudoración también se activa contribuyendo a enfriar el cuerpo de la energía liberada. También reduce el riesgo de cortes y abrasiones. Igualmente, ayuda a asir objetos limitando la posibilidad de que resbalen de las manos.

Como podemos apreciar, la respuesta de estrés supone una intensa actividad del organismo. Pero, desafortunadamente, esta respuesta también se da en situaciones que no ponen en riesgo la vida.

Los Estresores

Son los estímulos, o situaciones, que generan la respuesta de estrés. Generalmente, se agrupan en tres categorías:

Sucesos vitales intensos

Aquellos que son responsables de cambios significativos en la vida de las personas. Por ejemplo, la muerte de la pareja o de un familiar, un proceso de divorcio, una pérdida económica importante, enfermedad grave de uno mismo o de un allegado, …

Usted puede pensar que en esta categoría solo se incluyen acontecimientos negativos. Sin embargo, también la aparición de situaciones vitales positivas puede producir un alto grado de estrés. Así, encontrar trabajo, o ser ascendido en el que ya se tiene, casarse, tener un hijo o comprar una casa, también son sucesos que pueden provocar estrés.

En definitiva, todos aquellos acontecimientos que suponen un cambio importante en la vida pueden considerarse estresores, ya que exigen al organismo un fuerte trabajo de adaptación. Su aparición repetida, dificultaría la recuperación dando lugar a efectos negativos a corto. Medio y largo plazo.

Sucesos diarios de menor intensidad

Como bien sabrá, no todo el estrés que sufrimos se debe a cambios importantes en nuestras vidas. Existen muchos sucesos cotidianos responsables de emociones negativas y de estrés. Tener dificultades para cumplir el plazo de entrega de un trabajo, atascos de tráfico, conflictos con compañeros del trabajo, no encontrar un documento importante, llegar tarde a una cita, … En general, son acontecimientos menos significativos que los anteriores, pero que pueden constituir mayor fuente de estrés.

Tensión crónica mantenida

Situaciones generadoras de estrés que se mantienen durante periodos relativamente prolongados. Por ejemplo, enfermedad propia o de un familiar cercano, desempleo de larga duración, dificultades en el trabajo, dificultades de pareja. En general, son problemas y conflictos de cierta duración que se dan en la vida diaria.

Los acontecimientos estresantes no nos afectan a todos por igual

Que las personas no respondemos de igual modo a situaciones similares es un hecho. Diferimos en cuanto a la vulnerabilidad, la sensibilidad, la interpretación y la reacción ante los acontecimientos.

Esto es así porque entre la percepción de una situación y la respuesta media un proceso de evaluación cognitiva. Es decir, la respuesta emocional y conductual depende de la forma en que la persona analice los acontecimientos.

El estrés es precipitado cuando una situación es evaluada como amenazante. No obstante, todos sabemos que situaciones que provocan estrés a unas personas, no lo producen en otras. Piense, por ejemplo, en la situación de hablar en público. Hay personas a las que la sola idea de tener que dirigirse a una audiencia le provoca un intenso estrés. Otras, sin embargo, no solo no se sienten estresadas, sino que perciben esa situación como algo estimulante y agradable.

Hay infinidad de ejemplos de este tipo, ya que catalogar una situación como amenaza es un acto subjetivo.

Epícteto, filósofo griego de la escuela estoica, resumió esta idea de forma precisa: “El hombre no se ve distorsionado por los acontecimientos, sino por la visión que tiene de ellos”.

Así, ante una situación potencialmente generadora de estrés, el individuo realiza una doble evaluación:

Evaluación Primaria

De un lado, las personas evaluamos y analizamos las demandas de una situación y si puede depararnos algún daño o beneficio. También es posible que valoremos que la situación es irrelevante.

En síntesis, podemos realizar tres tipos de evaluaciones estresantes (Lazarus y Folkman, 1986 [1]):  Daño o pérdida, amenaza y reto.

La evaluación de daño o pérdida se corresponde a cuando hemos sufrido ya el daño.

En la evaluación de amenaza, no se ha recibido daño, pero las expectativas que tenemos son de que aquél puede hacerse efectivo, si bien aún es posible afrontarlo.

Estrés y Evaluación
Al valorar una situación estresante, realizamos una doble evaluación: sobre las demandas de la situación y sobre los recursos que tenemos para afrontarla

Cuando evaluamos en términos de desafío, reconocemos la posibilidad de un daño, pero al mismo tiempo consideramos que tenemos recursos suficientes para afrontar la situación con éxito.

Es importante notar la diferencia entre la evaluación de amenaza y la de desafío. En ambos casos, el organismo se movilizará; pero las emociones concomitantes serán placenteras (impaciencia, excitación, …) en el caso del desafío. Y de miedo y ansiedad, cuando el resultado de la evaluación es la amenaza, es decir, la expectativa ante un peligro por el potencial lesivo (físico o social) de la situación.

Evaluación Secundaria

En este momento, evaluamos si poseemos el repertorio conductual para hacer frente a la situación. Es decir, si es posible prefenir el daño o maximizar los beneficios que la situación nos puede ofrecer.

Esta evaluación está muy relacionada con la anterior ya que valoramos las demandas de la situación en la evaluación primaria, y es sobre la base de esa evaluación que discernimos ahora si tenemos los recursos para enfrentarla.

Y es tras esa doble evaluación que seleccionamos la respuesta a dar. Desde no hacer nada o escapar de la situación, hasta hacerle frente y controlarla.

Aprendizaje


Ante una situación que puede depararnos beneficios o daño (por ejemplo, una presentación ante los altos directivos de la empresa) evaluamos nuestros recursos. Si el resultado es que consideramos poseer los recursos y habilidades que nos permitan confrontar con éxito la situación, la situación ya no será catalogada de amenaza, sino de reto o desafío.


Nota

[1] Lazarus, S.R. y Folkman, S: Estrés y Procesos Cognitivos. Ed. Martínez Roca. Madrid, 1986.

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